Llegas a él subiendo a pie desde el centro de Chiaramonti y, paso a paso, entiendes por qué este lugar nunca ha sido neutral. El Castello Doria se alza sobre la colina que domina el pueblo, una posición que durante siglos significó control, defensa y poder. Aquí, entre los siglos XII y XIII, los ligures construyeron una de las fortalezas de su sistema defensivo en Cerdeña, concebido para resistir los ataques aragoneses.
Al caminar entre los restos, percibes de inmediato que no se trató de una fortaleza cualquiera. Precisamente su posición estratégica la convirtió en objeto de disputas políticas y dinásticas: el juez Mariano IV la quería como parte de la dote de Eleonora de Arborea en su matrimonio con Brancaleone Doria; por otro lado, el rey de Aragón Pedro IV intentaba hacerse con ella mediante una unión alternativa, vinculando a la familia Doria con sus propios intereses. Aquí, la historia nunca se ha desarrollado en silencio.
La estructura original incluía una torre cuadrangular y una muralla que protegía los espacios destinados a ballesteros y soldados. Con el paso definitivo de Cerdeña bajo la dominación aragonesa, en 1420, el castillo cambió de identidad: en su interior se habilitó una iglesia tardogótica, de la que hoy aún puedes reconocer los restos y la base de lo que debía ser el campanario.
En el siglo XVI, sobre las fortificaciones del castillo edificado por Brancaleone Doria, se levantó la parroquia de San Mateo. Pero su ubicación, tan espectacular como abrupta, decretó también su abandono. En 1827, el alcalde de Chiaramonti la describió como “de al menos 600 años de antigüedad, al borde de una roca precipitada”, sellando el final de su función religiosa.
Hoy, olvidados los conflictos y las funciones de poder, el Castello Doria es un oasis de paz impregnado de memoria. Permanecen en pie partes de la antigua parroquia: el campanario de doce metros de altura, injertado en la torre medieval del castillo, sigue dominando el pueblo; alrededor de la nave se reconocen ocho capillas, con las jambas y las nervaduras de las bóvedas de estilo aragonés, junto a la capilla del convento de los carmelitas que flanqueaba la iglesia.
En el silencio casi irreal del lugar parece resonar aún el tañido de las campanas y las voces de los soldados Doria defendiendo la fortaleza. Tal vez por eso hoy este espacio, nacido para la guerra y transformado por la devoción, se ha convertido en un escenario natural para eventos culturales y para el jazz internacional: un lugar donde la historia no solo se mira, sino que se escucha.
Cronología: siglos XII-XIII
Accesso: accesible a pie desde el centro de Chiaramonti
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