Llegas al territorio entre Uri e Ittiri y el paisaje cambia de ritmo. Las colinas se vuelven suaves y, de repente, emergen relieves ásperos de roca caliza, claros y cortantes. Es aquí, a lo largo de un antiguo trazado romano —el que antaño se conocía como s’istrada de sos Padres— donde te encuentras con los restos de la abadía de Nuestra Señora de Paulis.
Caminas entre piedras que hablan de una elección precisa. Este lugar, originalmente pantanoso, fue confiado en 1205 por el rey de Torres Comita II a los monjes benedictinos cistercienses. A ellos se les encomendó una tarea a la vez concreta y simbólica: sanear la tierra y construir una comunidad. De la marisma nace el nombre Paulis, y de la marisma nace una abadía.
Ante ti se extiende lo que queda de un conjunto que durante siglos estuvo vivo. La iglesia, construida con piedra caliza local, seguía el estilo sobrio y medido de los talleres cistercienses activos en Cerdeña entre los siglos XII y XIII. Era una iglesia de cruz commissa: tres naves marcadas por arcadas sobre pilares, un transepto poco saliente, capillas laterales y un presbiterio cuadrangular. Los espacios estaban cubiertos por bóvedas de cañón, concebidas para acoger el silencio y amplificarlo.
Observando con atención, reconoces detalles que hablan de símbolos y de orientación. En el ábside, perfectamente orientado, se abría una ventana en forma de cruz latina; en el lado opuesto se encontraba un armario litúrgico. En el lado este del coro, una bifora coronada por una monofora —una referencia explícita a la Trinidad— albergaba una placa con cruz griega.
La comunidad monástica permaneció activa hasta el siglo XV. Luego llegó el abandono. Ya en el siglo XIX la abadía estaba reducida a ruinas. Lo que hoy ves es el resultado de sucesivas restauraciones: el coro, parte del transepto, las capillas, seis arcadas de la nave central y tramos de los muros perimetrales. Alrededor del edificio principal, los restos del claustro y de los espacios conventuales siguen dibujando la planta de una vida cotidiana hecha de trabajo, oración y disciplina.
Aquí no encuentras un monumento reconstruido. Encuentras una presencia. La piedra, el vacío y la luz que se filtra entre los arcos cuentan mejor que cualquier palabra lo que significó habitar este lugar.
Cronología: Siglo XIII d. C.
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